Política en 3D / El percal


















  
       

El género es lo que tiene rasgos comunes pero es diferente. Conocemos las  cosas porque las diferenciamos. Dos cosas pueden ser iguales en todo menos en un detalle y entonces se oponen, adquieren identidad propia. Sin diferencia no hay identidad.  Nuestra concepción del mundo está basada en dualidades que se oponen a partir de las cuales la naturaleza se diversifica. La dualidad es el principio desde el que evoluciona la pluralidad. Lo masculino y lo femenino es un ejemplo. De la unión sale otro ser que a su vez puede ser masculino o femenino, pero nunca del todo una cosa u otra. El sexo es así.

Lo que no permite esa mixtura es la concepción social de género para definir, y encorsetar, los roles masculino y femenino.  Esa dualidad no admite la pluralidad y hombres y mujeres deben ajustarse a esos dos patrones previstos por cada cultura, como clones de su padre y de su madre, en un linaje imperturbable.  Las Reglas de Género pretenden  impostar la emisión de una identidad socio-sexual homocigótica sin variaciones.

Claro, que un hijo o una hija es una mezcla de ambos progenitores y esa regla no se cumple, pero se soluciona con una serie de imposiciones e imposturas, según las diferencias culturales, hasta llegar a la caricatura. Un señor viril, si va vestido de geisha, representará lo femenino más delicado en la cultura japonesa y en la occidental si se pone lencería, tacones y rímel.  Pero, más acá de las diferencias en estas expresiones estéticas de los roles de género, lo común en el mundo mundial es que el hombre domina y la mujer es dominada.

Si nos saltamos el análisis antropológico de la necesidad del reparto de tareas para la supervivencia y nos situamos en la actualidad occidental encontramos que, a pesar de  la experiencia social de que las mujeres son tan capaces como un hombre para afrontar las responsabilidades públicas, sigue existiendo ese juego dominador-dominada. Y en muchos casos un dominador que pretende una dominada que -dice ella-  no se deja dominar, mira. Pero ellos se empeñan. ¿Por qué? 

Las mujeres, en general,  han sido capaces de evolucionar a un modelo de relación sentimental  en el que deben ser seguras de sí mismas como se le pide a un hombre, pero siguen siendo las que asumen el peso de la vida privada –el refugio-, que es lo que se relaciona con la vulnerabilidad, mientras que  a los hombres se les sigue exigiendo por razón de género capacidad para solucionar los problemas ellos solitos, sin parapeto. Un hombre que elude un conflicto es un cobarde, debe afrontarlo sí o sí, y cuando no tiene capacidad para solucionarlo en vez de recular es ‘su problema’, y entra en pánico y el pánico es dolor y es insoportable y entonces  el tío suelta una hostia para apartar de sí lo que le duele... Y ya ha perdido, sí o sí.

Una mujer puede refugiarse en el mundo privado que le acompaña siempre mientras que el hombre aún no ha aprendido a no cerrar la puerta a ese ámbito en el que la duda y la  vulnerabilidad están permitidas. Aunque en su caso podría suponer una pérdida de erotismo y en el de la mujer el erotismo aumenta. Pero no siempre.

La relación ‘dominador-dominada’ se teje en torno al mismo eje: el poder. El poder en realidad es endilgarle a otro el problema, consiste en quién se come el marrón como animal de carga. Carga que bascula entre el dominador y la dominada en un juego sucio. Así que, si el género es lo que tiene rasgos comunes, tenemos hombres y  mujeres que comparten paradójicamente rol de género: el de los que no juegan limpio.28/12/13Licencia Creative Commons
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